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domingo, 12 de noviembre de 2017

AGONÍA




México lindo y querido si muero lejos de ti. En algún lugar de mi memoria canta Jorge Negrete y yo sé que hoy mismo el mundo se apagará. No reconozco las caras de quienes han venido a verme vivo por última vez. Les digo que son todos iguales, pero no pueden oírme. Me han sentado en la cama para que respire a través de una mascarilla que un tubo conecta a una botella de oxígeno. El fuego sube desde los intestinos a la garganta. Así está terminando mi vida. Descansa en paz, pienso por pensar algo. Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí. Qué caprichosa es la muerte. Un cuerpo devastado. Una mente lúcida. Una canción que tatareaba mi madre cuando mecía la cuna.

jueves, 9 de noviembre de 2017

OPERACIÓN GATOPARDO





















Si queréis que todo siga como está —dijo La Voz—, necesitáis que todo cambie. Y que sea lo antes posible. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría asintió. Los asesores asintieron. Y se convocaron las elecciones del 21-D

No sé si refleja un deseo de concordia por parte de Mercadona, El Corte Inglés y otras grandes superficies, o más bien una estrategia de marketing. El caso es que los productos navideños ocupan desde hace semanas espacios muy visibles en sus pasillos. 
En esta línea de anticipación a las fiestas más entrañables, el Gobierno del Partido Popular nos ha hecho un regalo: las primeras elecciones que se recuerdan en pleno mes del amor fraterno. Se comenta que la idea ha partido de Soraya Sáenz de Santamaría, o quizás de alguno de sus variopintos consejeros. 
Pero la realidad ha sido distinta. Me la ha filtrado alguien que desea preservar su identidad y que estuvo presente en la cocina donde se guisa la alta política.
La decisión se habría producido en Moncloa, cuando se agotaba una tormenta de los cerebros que asesoran a la superministra. Trataban de buscar una salida al embrollo que todos ustedes conocen. Pero el debate se acaloraba sin llegar a resultado positivo alguno. 
Entonces una voz se alzó sobre la trifulca. No brotaba de ninguno de los allí presentes. Parecía surgir del techo como suelen hacerlo las consignas divinas.
—Si queréis que todo siga como está —dijo La Voz—, necesitáis que todo cambie. Y que sea lo antes posible.
La vicepresidenta asintió. Los asesores asintieron. A partir de tan sabia advertencia se ha iniciado una operación que, por vez primera en los últimos meses, ha conjugado los intereses de constitucionalistas y segregacionistas. 
Me refiero a los que mandan, porque la ciudadanía sigue a lo suyo: participar en manifestaciones multitudinarias a ver quién la tiene más grande (la bandera), y ver los telediarios con el alma en vilo, al tiempo que atiborran la despensa y el congelador por aquello de las guerras civiles.
Ese alguien que desea preservar su intimidad, me cuenta que la Operación Gatopardo se desarrolla con fluidez. Presuponiendo que las elecciones del 21 de diciembre no van a significar un vuelco significativo en el reparto de escaños. 
Si así fuera, una de las partes saldría perjudicada y no se trata de eso, sino de mantener el statu quo y que la gente sencilla siga creyendo que con su voto va a modificar la Historia. 
—Los políticos tienen mucho que perder y tontos del todo no son —explica mi confidente—. Siempre habrá independentistas insobornables, dispuestos a sacrificar sus ideales para que la cuestión se aplace unas cuantas décadas. Quizás unos cuantos siglos. Siempre habrá, por el otro lado, constitucionalistas con manga ancha y buenas tragaderas. Dinero no va a faltar para ablandar a unos y a otros. 
—¿En qué basas la teoría del aplazamiento? —pregunto a través de la mampara que aísla nuestras confidencias.
Nos hemos citado, precisamente, en los servicios públicos de un centro comercial. El murmullo del agua en las cisternas contribuye a que nuestra conversación no pueda ser escuchada con nitidez por algún alma cándida y sentimental.
—En que existe una tradición tan sagrada como la navideña en este toma y daca —responde.   
Y a continuación desgrana:
—A cada gatillazo, su héroe nacional. Pau Claris, 1640. Baldomer Lostau, 1873. Francesc Macià, 1931. Lluís Companys, 1934. Carles Puigdemont, 2017. Al final, todo se resuelve con una calle, una plaza, una estatua…
—Igual tienes razón —reconozco mientras tiro de la cadena.
Luego entro en la sección de informática y pido el videojuego interactivo que lo va a petar en las próximas festividades. Se llama ¿Dónde está Puchy? O sea, la puesta al día del mítico ¿Dónde está Wally?
—Agotado —me dice la dependienta—. Si quiere se lo reservo .
Y eso que cuesta 155 eurazos…

jueves, 2 de noviembre de 2017

DE LA PEPA A LA MONTSE























“Me planteo superar el cotilleo institucional buscando soluciones con altura de miras a largo plazo. O, lo que es lo mismo, proponiendo una reforma de la Constitución que satisfaga a todas las partes”

Dado que los lectores pueden consultar firmas menos insolventes que la mía sobre el conflicto hispano-catalán, voy a procurar eludirlo. No creo que lo consiga. Es asunto adictivo. No se habla de otra cosa en los mentideros.

En las peluquerías de barrio las clientas discuten las repercusiones del artículo 155, mientras Hola!  y Diez minutoslanguidecen sobre las mesitas de melanina. Sálvame Deluxe se hunde en la 5 y se disparan los Objetivo Cataluña en la 6. La eficacia comunicadora del matrimonio Pastor-Ferreras ha relegado al olvido las tribulaciones amorosas de Belén Esteban. 

Sólo un tórrido romance de la mediática escritora con Gabriel Rufián recuperaría las audiencias.

Por si fuera poco, Bertín Osborne prepara un programa especial, subtitulado, de Tu casa no es la mía. Puigdemont y Junqueras cocinarán un suquet de peix al limón y al alimón. Si las circunstancias lo exigieran, el plató se montaría en Soto del Real con los Jordis en la sobremesa.

Total, que me planteo superar el cotilleo institucional buscando soluciones con altura de miras a largo plazo. O, lo que es lo mismo, proponiendo una reforma de la Constitución que satisfaga a todas las partes. 

—Craso error —me espeta el profesor Metodio Jodorowsky por el móvil—. Tal reforma ha de contentar exclusivamente a los independentistas catalanes, si queremos vivir los próximos cuarenta años en armónica convivencia dentro de lo que cabe. 

—¿Satisfacer a una minoría en detrimento del resto del Estado español? —replico estupefacto. 

—¿Para quiénes, si no, se pretende reformar la Carta Magna? —apunta este experto en reformas, reparaciones y rehabilitaciones a precio módico—. En consecuencia, los términos España y español han de eliminarse en el nuevo texto sin contemplaciones. 

—Ya me dirá cómo, profesor —contesto.

—Al igual que a la Constitución de Cádiz en 1812 se la conoce como La Pepa,y todos sabemos de qué va, no cuesta nada llamar La Montse a la próximaUna concesión mínima en pro de que los independentistas se sientan a gusto en el Estado Plurinacional y olviden de una vez por todas los agravios de 1714.   

—Algo que me gusta de La Pepa —apunto— es el siguiente párrafo: “El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, el ser justos y benéficos”. 

—Muy bonito. Podría recuperarse en La Montse con algunos retoques —accede Jodorowsky—. Por ejemplo: “El amor a las distintas patrias es una de las principales obligaciones de los ciudadanos y ciudadanas y, asimismo, el ser justos y justas, y benéficos y benéficas sin pasarse y sin herir nunca los sentimientos identitarios de los catalanes y de las catalanas independentistas”. 

—¿No nos estaremos pasando de condescendientes?

—Si prefiere una balcanización de la trifulca, bombardeos indiscriminados de la OTAN, y a Messi en el París Saint-Germain F.C., dejemos las cosas como están, Julius...

—Me retracto. ¿Y cómo conseguimos que funcionen los artículos que no se cumplen en la actual Constitución?

—Habrán de ajustarse las normas a la realidad. Termino, porque se me van a quemar las pierogi ruskie, perdón, las empanadillas de queso y patata. Por ejemplo, el derecho al trabajo y a una remuneración suficiente ha de convertirse en la obligación de que las oficinas de empleo contesten, en el plazo máximo de 24 horas, que “no hay nada para usted”. 

—¿Y el derecho a una vivienda digna y adecuada? —pregunto antes de que se escaquee.

—Aquí hay que dar cancha a la CUP, con el fin de que se integre ilusionadamente en el nuevo proyecto. El derecho constitucional a la okupación terminaría con el problema por los siglos de los siglos.

viernes, 13 de octubre de 2017

SIEMPRE NOS QUEDARÁ COFIDIS























—Vamos a centrarnos en lo inmediato. ¿Cómo solucionamos la deserción de nuestros bancos de toda la vida?

—No hay problema. Aunque se vayan todos, siempre nos quedará Cofidis.
—¿Tú crees que podrán asumir toda la financiación?
—Estoy seguro.
—¿Tan seguro como que los demás se iban a quedar? 

Mi sobrina, la que trabaja como becaria en el Centro Internacional de Inteligencia, me ha entregado a mano, y mirando con recelo a mi asistenta, un pendrive. Contiene una grabación realizada el día posterior a la declaración ininteligible de independencia. Ya saben a cuál me refiero. Mi sobrina lo ha encontrado en la papelera de un despacho del CNI, seguramente arrojado por descuido junto a restos de comida china a domicilio.

He tenido que acceder al archivo a base martillazos. Mi nivel de informática es similar a la de los fontaneros de Génova (sede del Partido Popular, para quienes sean de fuera).

Contiene una conversación entre dos hombres con fuerte acento catalán. Con el fin de preservar sus identidades llamaré a los interlocutores Lennon y Delon. Ofrezco seguidamente una síntesis de la conversación. La traduzco para hispanohablantes a secas. 

—¿Y ahora qué? —pregunta Lennon, con síntomas de afonía.

—Ahora, la independencia —responde Delon.

—¿Y después de la independencia?

—La independencia, naturalmente. Tal vez el martirio como ofrenda al pueblo.

—Después de aguantar tanto tiempo a la CUP, cualquier tortura será una bendición. Tendríamos que encargar ya las estatuas. ¿Nos hacemos una juntos?

—Mejor por separado. Prefiero que la mía esté aquí, en la Plaza de la Ciudadela. Ecuestre si puede ser.

—Tengo un amigo de confianza que la esculpirá estilo siglo XVIII. Yo elijo la Plaza de la Constitución, en Girona… quiero decir la Plaza de la República Catalana. Tenemos que cambiar el nombre.

—¿También ecuestre?

—Si puedo elegir… siempre he soñado con estar al volante de un coche de alta gama, fabricado por SCAT, la Sociedad Catalana de Automóviles de Turismo.

—No existe esa empresa. Y, perdona, la traducción del inglés suena bastante mal.

—Pues quitamos Turismo, le encantará a la CUP. Vamos a centrarnos en lo inmediato. ¿Cómo solucionamos la deserción de nuestros bancos de toda la vida?

—No hay problema. Aunque se vayan todos, siempre nos quedará Cofidis.

—¿Tú crees que podrán asumir toda la financiación?

—Estoy seguro.

—¿Tan seguro como que los demás se iban a quedar? ¿No me afirmaste que te habías doctorado en Historia de la Economía?

—Sí, pero mi tesis se refería al período entre 1520 y 1630. Entonces no había globalización.

Touché. ¿Qué ventajas tiene Cofidis?

—Que te dan los préstamos sin comisión de apertura, sin aval y con respuesta inmediata. Que tienen la sede en Barcelona. Que han montado delegación en nuestra hermana Eslovenia… ¿Te parece suficiente?

—Muy positivo. ¿Pondrías la mano en el fuego por su permanencia?

—¿Qué harías tú si te quedaras con todo el mercado financiero de uno de los países más ricos de Europa como es el nuestro? ¿Te irías, renunciando a multiplicar por 1.000 los 611 millones de euros que concedieron en Cataluña el año pasado?

—Solucionada la financiación, me preocupa la frasecita de un tal Josep Fontana: “No hay independencia sin guerra de independencia”.

—Nada original. Mi abuelo decía: “Donde no hay sangre, no se hacen butifarras”.

—Una verdad como la Sagrada Familia. ¿Qué te parece si nos tomamos un par de ellas a la llauna con una botella del Priorat? Paga el Govern.

—Encantado, un día histórico es un día histórico. Aprovechamos para ir diseñando en unas servilletas el nuevo Estado. Que nos quedan quince días y nos va a pillar el toro.
—Déjate de expresiones españolistas. Todo está atado y bien atado.

—¿Españolistas? ¡Pues anda que tú!


—Consecuencias de cuatro siglos sometidos al yugo de Madrid. 

—En cualquier caso, llama antes a Cofidis. No se nos vaya a indigestar el almuerzo.

viernes, 29 de septiembre de 2017

RABIOSA ACTUALIDAD, ¡HIP!































“Si llega a establecerse la República de Catalunya y se producen las inevitables migraciones de quienes no profesan el independentismo, el Gobierno español debería crear las condiciones adecuadas para que la masa de refugiados se ubicara en las provincias de Soria y Zamora, sometidas a un intenso proceso de despoblación”

Hace unas noches —no recuerdo cuántas porque volví a casa bastante perjudicado; de hecho, no conseguí volver y me desperté en un contenedor de desperdicios—, hace unas noches, repito, cené con el profesor Metodio Jodorowsky. 

Inmerso él en una profunda crisis de identidad y ocupado yo en encontrarme a mí mismo sin resultado alguno, no habíamos tenido ocasión de compartir una de esas veladas interminables, donde la sobremesa consiste en que dos mentes al borde del coma etílico solucionan los grandes problemas de la Humanidad. 

Antes de pasar a la ingestión incalculable de chupitos de vodka —recuerden que mi interlocutor es de origen polaco—, apuntamos el temario, heterogéneo, en la pizarra de la tasca donde muestran tapas y raciones. Dejarlo para más tarde nos llevaría al olvido. 

1º Sobre el conflicto hispano-catalán (inevitable).
3º Cómo superar la crisis de los misiles entre Estados Unidos y Corea del Norte.
2º Cuestiones ecológicas palpitantes.


Jodorowsky es, entre otras muchas sapiencias, experto en desmembramientos de los Estados. Así que le cedo la palabra.
—Si llega a establecerse la República de Catalunya —dice— y se producen las inevitables migraciones de quienes no profesan el independentismo, el Gobierno español debería crear las condiciones adecuadas para que la masa de refugiados se ubicara en las provincias de Soria y Zamora, sometidas a un intenso proceso de despoblación. El seny y la laboriosidad catalanes combinados con la sobriedad ascética de los castellanos, producirían una nueva cultura, a caballo entre la sopa de ajo y las albóndigas con setas.

Intento que entremos a debatir la posibilidad de los Països Catalans, históricamente reivindicados por el nacionalismo, enunciándolos de memoria:
—Cataluña, Baleares, Franja de Aragón Comunidad Valenciana, Andorra, El Carche en Murcia, el Rosellón en Francia y Alguer en Cerdeña. Quizás olvido alguno…

Ignora mi sugerencia y pasa al siguiente epígrafe: CN versus EE UU.
—Basta por hoy de segregaciones, que bastante hartos están los lectores. Si Kim Jong-un y Trump vivieran en la Edad Media, cosa no muy alejada de la realidad, la guerra nuclear podría evitarse con un matrimonio de conveniencia. No digo entre ambos, pues son contrarios a la homosexualidad y más o menos monógamos, pero podrían seleccionar entre sus descendientes un enlace provechoso para la paz mundial. El líder coreano tiene tres hijos cuya identidad y sexo se desconocen. Donald Trump, ocho adorables nietos —dos niñas y tres niños—. No sería complicado conseguir un encaje adecuado si se reforman las respectivas constituciones, permitiendo una boda en diferido. 

Le doy la razón para no seguir escuchando insensateces y propongo abordar el problema ecológico, centrado en un suceso de repugnante actualidad: el descubrimiento de una plasta informe de toallitas húmedas y productos de celulosa para la higiene íntima, que ha taponado un colector de aguas residuales. Lugar: San Sebastián/Donosti. Peso: 100 toneladas. Volumen: 75 metros cúbicos. Causa: arrojar los desechos a la cisterna del inodoro.

El profesor Jodorowsky es un crítico acerbo de la publicidad televisiva y se ceba en ella.
—Tanto insistir en que son finas y seguras, que no traspasan, que no se notan. ¡Como si fueran invisibles! Los eslóganes han adormecido las conciencias y creado un monstruo que provocará un shock profiláctico generalizado. No tengo más que decir. 

Despierto, como he contado al principio, en un contenedor de basuras. Es el equivocado. Me encuentro embutido entre decenas de envases, cuando me correspondería reciclarme entre residuos orgánicos alcoholizados.

viernes, 15 de septiembre de 2017

EQUIDISTANCIAS

















Tengo más respuestas para esquivar otros atolladeros. Una de ellas se refiere a los admirados Mossos d´Esquadra y al odiado Felipe V: “¿A qué no sabéis cuándo se crearon los mossos? Nada menos que a principios del siglo XVIII, mediante un Real Decreto firmado por Felipe V. Su objetivo, cargarse a los bandoleros y, de paso, a los partidarios del derrotado Archiduque Carlos”.

Sí o no. Blanco o negro. Café o sacarina. En tiempos de confrontación política, como los que disfrutamos actualmente, no se permiten medias tintas. Se rompen parejas hetero y homo por causas ideológicas, se quiebran amistades que parecían pétreas, los hijos abandonan el nido materno y se independizan. Bueno, esto último no es del todo cierto. 

 Sí es una realidad que crecen las posturas radicales. “¿Estás a favor o en contra? Defínete de una vez o te arranco la cabeza”. Este estilo de debate sin rodeos se produce cada vez más al final de las sobremesas, cuando el vino de tetrabrik y la copa de digestivo nublan las conciencias. Antaño las sobremesas eran más breves y menos intensas. 

Tal vez consecuencia de la represión educacional y de las ganas de volver a casa para no seguir soportando a estos tipos que el azar te ha infligido como familiares.  Yo, sea por cobardía intelectual o porque mi profesión frustrada ha sido la de templador de gaitas, soy ferviente partidario de que nunca llegue la sangre al suelo.  

Un homicidio doméstico, aunque se haya producido con la eximente del fervor patriótico, provoca desgarros irrecuperables. Desde hace unos años, cuando me ducho, tarareo obsesivamente esta cancioncilla: 

Más allá de tus labios 
Del sol y las estrellas 
Contigo en la equidistancia 
Amadas mías, estoy 

 Que cada cual interprete si con mis amadas me refiero subliminalmente a España, Cataluña, la derecha, la izquierda, la eutanasia o la agonía asistida. El bolero es útil para para equilibrar cualquier asunto conflictivo que inunde Twitter. Incurriendo en presuntos delitos de odio que habrán de ventilar los tribunales.  

 Sin ir más lejos, el pasado fin de semana me veo envuelto en una sobremesa donde coinciden sendos cuñados con sensibilidades divergentes sobre el derecho a decidir. Al unísono, las cejas enarcadas, las venas estallando en sus sienes y el tono avasallador, me acorralan con la amenaza más temible. 

—¿Qué opinas de la Diada? Y no se te ocurra salirte por la tangente, o te arrancamos la cabeza. No tengo otro remedio que acudir a un subterfugio cultural. La posibilidad de perder la azotea a cuatro manos, aunque sea en sentido figurado y cuando los trasplantes de   mollera están en fase experimental, consigue que mi mente supere la modorra digestiva. Por otra parte, me había preparado para la encerrona memorizando algunos párrafos encontrados en Google. 

Recito en cascada, disimulando mi pavor. 

 —El filósofo alemán Georg Simmel definió la díada como el conjunto formado por dos amigos íntimos o una pareja sentimental. Las interacciones sociales son más intensas en comparación a lo que sucede en los grupos con más integrantes. En contrapartida son más inestables y precarios que los grupos más numerosos, ya que mantener viva una relación de dos necesita del esfuerzo de ambos componentes. 

Aprovecho que rumian perplejos el sentido de mi respuesta, para excusarme con un repentino dolor de muelas y salir de estampida.  

Tengo más respuestas para esquivar otros atolladeros. Una de ellas, que podría calificarse como de consenso histórico, se refiere a los admirados Mossos d´Esquadra y al odiado Felipe V, origen de todos los males identitarios. Hela aquí. 

 “¿A qué no sabéis cuándo se crearon los mossos? Nada menos que a principios del siglo XVIII, mediante un Real Decreto firmado por Felipe V. Su objetivo, cargarse a los bandoleros y, de paso, a los partidarios del derrotado Archiduque Carlos”. 

 Mientras ojean febrilmente sus smartphones para rebatir mi argumento, me despido a la francesa. O a la austriaca. Debo mantener mi equidistancia a toda costa.

viernes, 1 de septiembre de 2017

MENÚ DEGUSTACIÓN






























No siempre los políticos se reúnen en clave de estadistas. También aprecian una mesa bien servida. Creo que los convidados iban simplemente a cenar de gorra a costa de Roures, y a echar unas risas a propósito del corte de pelo de sus enemigos íntimos, Gabriel y Puigdemont

En la noche del último sábado de agosto hacía buen tiempo en Barcelona. Yo había llegado muy de mañana, con el fin de asistir discretamente a la manifestación antiterrorista y antimonárquica. Pasé inadvertido entre múltiples pancartas, profusas esteladas y gritos en contra de lo que se terciara. Hubiera pasado igualmente inadvertido de haber estado yo solo, en lugar de los 500.000 participantes, según la Guardia Urbana. 

No soy nada celebrity, al menos de momento. De hecho, hace un mes intenté hacerme miembro de Vippter, la red social del famoseo, y me bloquearon en un abrir y cerrar de posts.

Prefieren a Kiko Rivera, uno de los influencers que marca tendencia entre millones de fans. Allá ellos.
Como tenía la noche libre, me acerqué dando un paseo a la cena secreta en casa de Jaume Roures, magnate de la comunicación. O millonario comunista, como le apoda Federico J. L. Los ricos rojos (RR) ejercen una atracción irresistible en los líderes de opinión. Muy superior a la de los mendigos de derechas.

Todo el mundo sabe que, desde tiempos inmemoriales, los magnates cobijan maquinaciones y contubernios. Su inversión patrimonial de futuro, por lo que pueda pasar. 

Me chivaron que Roures había convocado a dos vippters de la talla de Pablo Iglesias y de Oriol Junqueras, para que —es una especulación mía— diseñaran planes conjuntos de gobierno, destinados a ayudar a quienes más lo necesitan. Ya sea porque están en el umbral de la exclusión social, o porque son pobres de solemnidad. Según mi confidente, irían también políticos de segunda línea en Podemos y en Esquerra Republicana de Catalunya.

No me dio tiempo a disfrazarme de antisistema y colarme para cenar como la Guía Michelin manda. El dueño de Mediapro suele encargar sus cuchipandas al Celler de Can Roca. Resignado, me tomé un bocata de botifarra amb mongetes  durante el trayecto.

Mi propósito era abordar a ambos dirigentes antes de que entraran en la mansión, y mantener sendas entrevistas a fondo. Con ellas escribiría una exclusiva de enorme repercusión mediática. Olía a preparación de tripartito de izquierdas, sumados los imprescindibles cuperos aunque éstos no aparecían en la lista de invitados. Son más de tortilla de patatas, filetes empanados y porrón de tinto.

Coleta al viento, Pablo Iglesias pasó como una exhalación. Oriol Junqueras, sin coleta y menos ágil a causa de su poderosa humanidad, le anduvo a la zaga pero igualmente se me escaqueó. En un intento desesperado lancé al aire una pregunta clave:

—¿Al menos podéis decirme qué hay de postre?
No hubo respuesta. 

Más tarde, de camino al sótano turístico que he compartido con tres alemanes y una pareja de escandinavos por 600 euros la acostada conjunta, un fogonazo esclarecedor iluminó mi mente.

“A ver —me dije— si a partir del 1 de octubre, fecha más, fecha menos, puede proclamarse la Republica Catalana, ¿qué prisa tienen estos dos para montar tripartitos? Tiempo de sobra habrá”.

Por otra parte, no siempre los políticos se reúnen en clave de estadistas. Como la mayoría de la gente, aprecian una mesa bien servida. He llegado a la conclusión de que los convidados iban simplemente a cenar de gorra a costa de Roures, y a echar unas risas a propósito del corte de pelo de sus enemigos íntimos, Gabriel y Puigdemont.

El menú degustación en Can Roca, compuesto por 14 platos más entrantes y selección de vinos, sale a tan solo 295 euros por político. Acabar con el hambre de los niños significa una millonada presupuestaria. 

Mera cuestión de prioridades gastronómicas. O de aflojarse el cinturón en la sobremesa y que se lo aprieten los contribuyentes.